“Almendrones” y carteles

guerra-mundial.jpg

Wilfredo Vallín Almeida, La Víbora, Ciudad Habana, 5 de septiembre de 2010

la semana pasadaviajaba en un “almendrón” (auto particular de más de veinte años de antigüedad utilizado como taxi). el chofer, que venía conversando con algunos usuarios, leyó en voz alta una valla publicitaria en la rotonda de la Ciudad Deportiva: “Ante la injerencia de los Estados Unidos y de la Unión Europea, UNIDAD!”

No pude evitar una sonrisa que captó el chofer del vehículo para decirme:

– Yo estuve en Angola, y no hay quien me haga un cuento de lo que pasó allí, pero siempre nos dijeron que nosotros no violábamos la soberanía de los africanos pues éramos internacionalistas… ¿qué le parece a usted eso, mi amigo…?

traté de ser amable y de tener en cuenta a los demás pasajeros. De la mejor manera posible, dije lo siguiente:

los conceptos de injerencia y soberanía son relativos. Se han utilizado en distintas épocas y han ido cambiando su sentido con la evolución de la sociedad y el mundo mismo.

Después del Tratado de Westfalia en el siglo xvii, se enarboló el concepto de soberanía de la forma más absoluta posible dada su conveniencia para los nuevos estados surgidos en el mapa de Europa. Según ese concepto, nadie ajeno al país podía entrometerse en lo que se hacía dentro de sus fronteras.

La soberanía se entendió desde entonces como el más alto nivel de decisión en los asuntos internos y externos de la nación por parte del Rey o el Gobierno.

Lo anterior permitía a los gobernantes hasta masacrar a sus ciudadanos, como en realidad ocurrió muchas veces, sin que ningún otro país pudiese hacer nada para detener esas carnicerías.

Los propios países comunistas intentaron evadir el concepto de injerencismo cuando pusieron en práctica el concepto de internacionalismo, buscando una justificación a la presencia de sus ejércitos más allá de sus límites territoriales.

La Primera Guerra Mundial, pero sobre todo la Segunda, vertió una nueva luz sobre estas situaciones. No era posible mantener el criterio de la soberanía absoluta como una coartada protectora de los tiranos y de los regímenes autoritarios que mantuviese lejos de sus fronteras la “injerencia” de otras naciones.

Los campos de concentración nazis y los gulags soviéticos, entre otras barbaridades, fueron el detonante que llevó a la comunidad de naciones a la elaboración de un nuevo concepto: la soberanía absoluta cede, cuando parapetándose tras ella quieren desconocerse los derechos humanos de los ciudadanos del país de que se trate, o cuando existen genocidios, o crímenes de lesa humanidad.

La intervención por motivos humanitarios ha sido aplicada reiteradamente por el Consejo de Seguridad de la ONU…

Ya no podía continuar pues me aproximaba al fin de mi viaje.

El chofer y los demás pasajeros que me habían escuchado sin interrumpirme, me agradecieron y se despidieron deseándome buen día, y yo me quedé con la sensación de haber hecho una explicación útil que ellos recordarían… cada vez que vieran el término injerencia aplicado a nuestra realidad interna.

vallinwilfredo@yahoo.com

Anuncios

DERECHO DE REUNION

cuba_LA_REVOLUCION_SOY_YO.jpg

Licenciado Wilfredo Vallín Almeida

El inmortal Hugo Grocio, a quien se considera padre el Derecho Internacional Público moderno, fue el primero en usar el concepto inalienable que él atribuyó a algunos derechos individuales entre los que hoy reconoce el derecho de reunión según se recoge en el Pacto de los Derechos Políticos y Civiles de la ONU en su artículo 21. Este derecho, como los restantes de la Declaración Universal, requiere de un análisis particularizado.

Según algunos autores “Hoy en día, y como reacción contra amargas experiencias de abusos sufridos no sólo en el área de los totalitarismos fascistas, nazis y soviéticos, se subraya enérgicamente que la libertad de reunión no sólo implica el derecho de reunirse pacíficamente para fines lícitos, sino también el principio de que nadie debe ser obligado a concurrir a una reunión en contra de su voluntad o deseo: tanto agravio implica privarle a uno de reunirse lícita y pacíficamente, como obligarlo a participar en una reunión (desfile, parada, etc.), a la que no quiera concurrir.

El individuo tiene, en tanto que persona, -y siempre según los derechos reconocidos en los Pactos de Derechos Humanos de la ONU- una serie de derechos de libertad frente al Estado, así como ante los demás individuos y grupos sociales.

Las limitaciones obligadas e ineludibles para la libertad de reunión son principalmente dos: la reunión debe ser pacífica y los fines que se proponga, así como también los medios que emplee, sean lícitos. El condicionamiento a que los fines de la reunión sean lícitos, es algo obvio. No es admisible reunirse para la comisión de delito alguno, para promover alteraciones del orden público, etc.

En cuanto al derecho de no concurrir a una manifestación, desfile o reunión hay que decir que éste aspecto negativo es tan importante como el positivo. La libertad se lesiona de igual manera si a una persona se le impide participar en una reunión, que si se le fuerza a asistir a una reunión, parada, desfile, manifestación, etc.: ambas formas, tanto la positiva como la negativa, constituyen violaciones inaceptables de éste derecho humano fundamental.