La Defensora del Pueblo Eslovaco

 

Post de Wilfredo6-vallin_21Wilfredo Vallín Almeida

Nos recibe en su amplio despacho que no por grande deja de ser sobrio. Sonríe casi todo el tiempo. Es una mujer de unas cinco décadas, de pelo corto, bastante rolliza, con un halo de bondad en su rostro que, sin embargo, no alcanza a ocultar la fortaleza de su carácter.

Nos da la bienvenida y nos pregunta sobre Cuba, las condiciones de nuestras vidas, los problemas que confrontamos. Escucha nuestras respuestas con suma atención y se nota que no finge cuando nos da sus opiniones sobre nuestra situación que fue una vez la de ellos.

Cuando le pedimos que nos cuente sobre las transformaciones en su país a raíz del cese del totalitarismo, la expresión de su rostro parece evocar el desarrollo de los acontecimientos en el momento en que acontecieron. Se expresa con claridad y precisión y es directa en sus respuestas. Nos dice que podemos preguntar, y eso hacemos.

En ocasiones sonríe primero denotando con esto que nuestra pregunta ha tocado algún punto neurálgico, pero no rehuye las respuestas. Dice, por ejemplo, cosas como esta:

Aunque ya hace más de veinte años que comenzamos las transformaciones en el país, todavía quedan cosas con las que debemos luchar. Cuando un sistema se ha mantenido por más de cincuenta años, cambiar la mentalidad de muchas personas, sobre todo de la gente más vieja, no es fácil. Hacen falta tiempo y esfuerzos muy grandes.

Nos cuenta de sus problemas actuales, de sus hijos y nietos, de su lucha personal por garantizar los derechos de los más simples de sus compatriotas, la reticencia mordaz de muchos funcionarios, lo mal que ella cae a algunos altos puestos del poder supuestamente comprometidos con los derechos humanos, lo que no deja de ser chocante, muy chocante.

La conversación transcurre ágil entre nosotros. El tiempo se nos pasa sin advertirlo. Ella no nos escatima su tiempo. Tal parece como si quisiera transmitirnos en ese poco tiempo todo el caudal de su experiencia cuando fue jueza…. y ahora.

Cuando llega el momento de marcharnos nos toma del brazo y se retrata con nosotros. Nos dice (pero de eso ya nos habíamos dado cuenta), que podemos contar con ella para lo que necesitemos.

Me dejó un grato sentimiento en el corazón y ahora cuando debo escribir mi habitual artículo, no encuentro tema mejor que hacerlo sobre esta magnífica señora Defensora del Pueblo Eslovaco.

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