LA ENTELEQUIA: el ejercicio de sí propio

Wilfredo Vallín Almeida

Es interesante leer sobre la vida y las ideas de los filósofos desde la Antigüedad hasta nuestros días.

Se trata de personas de pensamiento profundo que, desde su perspectiva y apreciación personal, pretendieron darnos una interpretación de lo que era el universo y responder a las grandes preguntas de todos los tiempos: ¿Quiénes somos?, ¿adónde vamos?, ¿Qué podemos esperar del futuro?, ¿Cómo debemos vivir nuestras vidas?

Uno de estos grandes hombres lo fue Aristóteles (384-322 antes de Cristo) de Estagira, Grecia. Había sido discípulo de otro grande de esas lides, Arístocles de Atenas, más conocido por Platón y luego trabajo incluso como profesor en la Academia de su maestro.

Aristóteles es famoso por muchas cosas, pero para mí lo más innovador y extraordinario que nos dejó fue un concepto al que él denominó “entelequia”.

Para explicar lo que el estagirita quiso decir con eso, voy a remitirme a un ejemplo que pudiera ser ilustrativo y para lo cual tomaremos una semilla de un fruto cualquiera.

Una semilla tiene la posibilidad de convertirse alguna vez en fruto. Ella devendrá primero semilla germinada, luego arbusto, más tarde árbol florido y después -y finalmente- frutos, aunque no es absolutamente seguro de que ocurra de esa manera.

Pero la potencialidad y la probabilidad laten en ella por el hecho de ser semilla. Que llegue o no a convertirse en aquello para lo que fue concebida por la madre naturaleza, dependerá del entorno, de las condiciones externas que la rodeen.

Esa misma probabilidad y potencialidad las ubica Aristóteles en el ser humano. El Hombre (hablando en sentido genérico) tiene al nacer características que le son propias por el sólo hecho de ser hombre y que lo llevarán a convertirse en aquello para lo que está destinado: todo se supeditará a que su medio le propicie o no las condiciones para su desarrollo.

Ese entorno que permita el pleno desarrollo del individuo en toda su potencialidad, deberá ser garantizarlo por el grupo al que el individuo pertenece, por su sociedad y, en especial, por el Estado, que fue creado por los ciudadanos mediante el Pacto Social precisamente para eso.

Esta idea será retomada por Pico della Mirandola cuando al escribir su De dignitate hominis en 1486 vertirá, con otras palabras y en un diálogo que recrea entre Dios y el Hombre, la misma esencia filosófica de Aristóteles:

No te he dado un lugar determinado, ni una cara propia, ni un don particular, oh Adán, con el fin de que tu lugar y tus dones, los desees, los conquistes y los poseas por ti mismo. La naturaleza encierra otras especies en unas leyes establecidas por mí.

Pero tú, que no tienes límites que te acote, te defines a ti mismo según tu propia libertad, en cuyas manos te he colocado. No te he hecho celestial, ni terrenal, ni inmortal, con el fin de que, soberano de ti mismo, concluyas tu propia forma libremente, como un pintor o un escultor.

Sobre esta concepción retornará muchos años después otro gran pensador, Inmamuel Kant, filósofo alemán (1724-1804), nacido y muerto en Köningsberg, ciudad de Prusia oriental.

 

Para Kant la entelequia (que él llamará “dignidad humana”) consiste en entender que nunca podemos tratar ni ser tratados como un medio, sino siempre como un fin y actuar en consecuencia, en que nadie puede utilizar a los demás para sus propios intereses, en que toda explotación (sea cual sea) es ilegítima e inmoral y en que ningún hombre es más humano que otro.

Esa es, precisamente, la idea básica fundamental que informa toda la Declaración Universal de Derechos Humanos, nuestros Derechos inalienables que, por mucho que se quieran esconder en su realidad, terminarán por imponerse, pues al decir de otro Grande del Pensamiento, éste un cubano como nosotros:

Ni de las riendas de un caballo debe desasirse el buen jinete, ni de sus derechos el hombre libre. Es cierto que es más cómodo ser dirigido que dirigirse, pero es también más peligroso. Y es muy brillante, muy animado, muy vigorizante y muy ennoblecedor el ejercicio de si propio.

 

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2 pensamientos en “LA ENTELEQUIA: el ejercicio de sí propio

  1. El valor de la persona humana está en el “ser”, en tener un intelecto y una conciencia capaz de discernir entre el bien y el mal, del libre albedrío y la libertad de escoger y de labrar su destino.

  2. Precisamente por eso Armienne, si el intelecto y la conciencia estan mal configurados el valor de la persona es poco.

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