Barrotes invisibles

 

Lic. Yaremis Flores.

Controvertidas se tornan estas cuestiones, que llevan intrínseca la desdicha, no sólo de los miles de detenidos que padecen prisión en este instante, sean inocentes o no; no sólo de las madres y niños que sufren por la incertidumbre de obtener sustento, desde que el cabeza de familia fuera encerrado en un calabozo, sino también el fracaso de toda la humanidad, pues en definitiva sufre las consecuencias.

Mucho se ha debatido acerca de la necesidad o no de la prisión, reprochable su implementación cuando en vez de proteger a la sociedad de elementos peligrosos, reeducar al que delinque o reprimirlo por su actuar; pretende silenciar a los oponentes políticos, lo cual es propio exclusivamente de los regímenes dictatoriales.

Lejos de mantener una postura abolicionista, considero que la cárcel es un mal necesario, que debe reservarse para las conductas más transgresoras de la convivencia social.

Dado que algunas sociedades invierten cuantiosos recursos en la seguridad de los detenidos, fomentan el empleo para laborar en las prisiones, entre otros aspectos; tener un hombre preso representa un significativo gasto para el país.

No obstante se cumple más de lo deseado lo que alguien sentenció una vez, que “el hombre que ha estado en la cárcel, volverá a ella”. Sin pretender ser radical, como muchos pudieran pensar, las estadísticas han demostrado que al menos más de la mitad de los que han cumplido prisión son reincidentes.

Aunque en nuestro país es muy difícil obtener información estadística fidedigna en este tipo de asuntos, ya que esos datos se protegen con celo, no es complicado llegar a la conclusión de que Cuba no está alejada de esa realidad, teniendo en cuenta las malas condiciones de los establecimientos penitenciarios, la poca diferencia entre un centro de internamiento especializado y una cárcel común, entre otros factores.

Es contraproducente pretender reeducar a una persona sacándolo de su medio social. Son frecuentes los casos de quien no se ha acostumbrado a vivir fuera de las rejas, casos en los que la prisión ha sido una escuela para aprender nuevas formas de delinquir o una forma de premeditar o perfeccionar el modus operandi, casos en los que el internamiento, impuesto por medida de seguridad preventiva, (fundamentalmente a las prostitutas), no constituye más que un receso para reanudar su labor con más cautela, y un frustrado escarmiento para los demás.

Es utópico avizorar la desaparición de las prisiones, pues no existen las condiciones para ello. Sí sueño que se desvanezca la prisión de barrotes invisibles en la que estamos hundidos desde hace más de medio siglo, pero aunque nos manipulen, nos censuren y nos repriman; nuestro pensamiento y nuestras ideas son libres.

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